domingo, mayo 10, 2009

De aquí y de allá (2): crónicas porteñas

Hace 10 años viajaba por negocios con cierta frecuencia a la sugestiva ciudad de Buenos Aires. Recuerdo que aterrizaba en Ezeiza siempre un domingo por la mañana, tipo 6:00 am, y me quedaba todo ese domingo libre para pasear o dormir luego del viaje de casi siete horas desde Maiquetía. En particular recuerdo una vez que apenas pisé Ezeiza me cayó una peste de esas tumba-gente. Y peor, era invierno; pero no cualquier invierno. Era el invierno Rioplatense, híper-húmedo, ventoso, de ese que te congela la medula espinal, del que te hace perder el tacto del lóbulo de las orejas. He estado en otras partes bajo nieve, pero como el invierno porteño no hay.

Siempre me alojaba en el mismo hotel. “En el centro de los acontecimientos” como me lo recomendaron, por allá en la Av. Corrientes justo en frente del Gran Rex. Así llegue al hotel esa mañana de Domingo, me registré y casi arrastrándome -a mí y a mi gripe- llegué hasta la habitación a dormir.

Me despertó el hambre alrededor del mediodía. Me miro en el espejo y me doy cuenta que estoy convertido en la versión trapito de mi mismo. Me toqué la garganta, tragué fuerte y concluí que un gremlin parasitaba mi faringe cómodamente. -Pero tengo hambre, tengo que salir a comer- me dije. -¿A dónde ir? No estoy como para ir a almorzarme un bife de chorizo a Puerto Maderos. Ah, ya sé. Voy a pasar por donde el gallego-. El gallego era un perrero –sí, de perros calientes- que tenía un puesto ambulante al final de Lavalle. El tipo llegó de adolescente a Venezuela, se pasó diez o quince años allá y luego migró a Buenos Aires. Así pues, me armé de valor, me puse no sé cuantos suéteres encima, y yo y el gremlin que me habitaba la garganta tomamos rumbo a Lavalle.

La ruta Corrientes-Florida-Lavalle es un clásico de casi cualquier arte que uno se pueda imaginar. Allí pasa absolutamente de todo, y en efecto de todo vi pasar allí a través de los años; pero ese día, en una matiné de domingo no era el horario todavía de los animales más exóticos. Esa era más bien la hora de las conversaciones en los cafés, de las tiendas abriendo, de los restaurantes populares y sus olores, de las radios voceando: “...temperatura en la ciudad: 2 grados… sensación térmica de -4…”. El viento pegaba fuerte y yo sentía que mi tabique nasal se convertía en titanio. De repente me acorde que le había dicho al gallego que le iba a llevar queso rallado para mejorar esos perros la próxima vez que viniera, así que me detuve en un supermercado y lo compré.

Este gallego tiene unos cuantos años en Argentina. Venezuela –decía él- es su segunda patria así que cuando me ve se transforma. Así pues, me puse la mano como haciéndole un techo a la boca y le grito en caribeño rabioso: -¡eeesse gallego!-. El tipo pego un salto cuántico del susto: - ¡Chamo, me asustaste!-
– Mira gallego lo que te traje, queso, quesito rallado para que mejores esos perros.
- ¡Sos un boludo chamo! Aquí no comemos eso. Los panchos son sólo salchicha, pan y salsa.
- Sí hombre. Mira, dame un perro, o un pancho como les dicen aquí.

En eso otro cliente llegó, pidió un pancho y se acomodó entre nosotros. Y el gallego me dice:
-Chamo, no te ves bien. ¿Qué te pasa?-
-Peste gallego, gripe- le dije mientras me señalaba la garganta de cerca haciendo el gesto de degollación de los emperadores romanos. Enseguida le pregunte: -¿que será bueno para esta peste gallego?-

Fue allí cuando una voz de ultratumba, añejada con toneladas de tabaco y macerada en flema, entre bajos y reverberos nos dijo:
-Rivofedril de 500. Comprálo y tomá una tableta cada 8 horas-

Era el otro cliente del gallego. No le entendí bien por lo atropellado de la voz y le pregunte:
- Disculpe ¿cómo dijo? Anótame ahí gallego, que yo estoy comiendo-.
- Rivofedril de 500, loco. Tomá 2 tabletas ahora y luego una cada ocho horas y verás cómo mañana no te acordás del desgraciado resfriado ese pibe, vas a quedar nuevito-.

El gallego tomó un bolígrafo, una servilleta, y dice: - ¿Rifoldrina de 300, no?-
- No, no. ¡RI-VO-FE-DRIL! Y es de 500, che- dijo el amigo porteño y tose, regurgita, escupe a un lado, y para terminar le pega el último mordisco al perro-pancho.
- ¿Y como se escribe eso tío?- preguntó el gallego.
- ¡Qué sé yo, che! RI-VO-FE-DRIL, como suena, apuntálo bien. Y dame otro pancho por favor- dijo el tipo con su reverberante voz. Y fue allí cuando el gallego dijo algo que nos rompió los esquemas a todos:

- Tío: ¿y eso se escribe con “B” de Barquisimeto o con “V” de Valera?

Ya aquí yo me estaba exasperando. ¿Cómo este gallego del carajo le va a preguntar eso a un tipo que en su vida jamás ha escuchado hablar de esas ciudades? Pero el tipo responde:
- ¿Va..va.. qué? Mirá, ¡qué sé yo, che! Ri-vo-fe-dril, con “v” de… de… Velez Sarsfield- dijo el tipo mientras tosía, tosía que hacía temblar el carrito de perros calientes, tosía hasta quedar morado. El gallego le da el otro pancho y le responde:
- Gracias por la gauchada che. Ya tengo el nombre correcto-

El tipo se despidió y se fue comiéndose su perro caliente. Allí le dije al gallego: - Bueno gallego, menos mal que me anotaste el remedio en la servilleta, así voy a poder curarme y quedar igual de saludable que el señor- Y en esa el gallego me dice angustiado:
-¡Coño’e la madre chamo! Le di la servilleta al señor con el último perro ¿Cómo era que se llamaban las pastillas esas?

No sé ni contesto. Inventé un ataque de tos, me llevé las manos a la cara y podría jurar que se me salieron un par de lágrimas en ese momento.

viernes, abril 17, 2009

Morcillas en almíbar

A mí me preocupan un montón esas personas que andan por allí perennemente felices. Esos a los que todavía no les has acabado de preguntar “¿Cómo estás? “ cuando ya te saltan encima con un “super ultra recontra híper califragilísticamente efervecente ¡a las mil maravillas!”. Y justo allí, cuando me cae el chaparrón de super positivismo eléctrico, pienso: “¡ay papá! Algo anda muy mal aquí”.

Todo en esta vida es un balance. Como los ingredientes en la comida oriental que mezclan azúcar con picante. O como a mí que me encanta mi trabajo pero eso no me impide el querer unas merecidas vacaciones. Como el Yin y el Yan, todo debe ser balanceado. Y todo tiene su lado bueno y su lado malo. De lo malo poco se habla –porque te hace ver socialmente negativo- pero eso no altera su existencia. El caso es que lo malo existe para compensar lo bueno porque nada es perfecto. Eso es un balance y aprendí temprano que cada quien escoge los suyos, y depende de los que elijas el tipo de persona que seas. Algunos serán buenos balances: la vida familiar, o laboral, o él círculo de amigos. Y otros no serán tan positivos –en ese caso todavía no hay balance-. Pero todos tenemos otra categoría de balances que como que no nos cuadran. Son como unas morcillas en almibar, combinaciones que - aunque intentan ser balanceadas- no terminamos de pasar.

Yo agradezco –y siempre agradeceré- a la providencia por haber nacido y crecido en Venezuela. En ningún lugar del mundo se vive la vida con la intensidad con la que se vive en el Caribe (mi opinión personal claro está, luego de haber vivido en varios países) La estrella aquí es, por supuesto, la rumba, la fiesta, el calor humano. Y que conste, mucho se me ha dicho que eso es efímero, que cuando llegue a viejo probablemente ninguno de mis amigos de farra va a estar conmigo. No estoy de acuerdo. Yo pienso que son precisamente esos momentos los que siempre me van a acompañar, son esos instantes los que realmente transcienden. Con mis amigos me he reído y he gozado un mundo. El resto –como diría un amigo mío- todo se quedará aquí cuando nos vayamos.

Sin duda los venezolanos individualmente tienen una gran calidad humana ¿Quién lo niega? Pero también es verdad que en sociedad, desde una junta de condominio hacia arriba, somos medio desastrosos. Tenemos todo un conjunto de costumbres que hacen que nuestras comunidades funcionen caóticamente. Un país donde el lucir humilde es un pecado, donde se mira por encima del hombro al que tiene menos, donde todo es un mojón mental, no puede producir una sociedad cohesionada; eso produce en cambio roces, que se escalan en rabia, que a su vez escala en delincuencia, que se devuelve en corrupción e injusticia, y es un todos contra todos donde sólo me importo yo, y no me importa el prójimo. Allí entonces, sálvese quien pueda. Porque si no me importas te robo a mano armada. Y si tengo poder político me corrompo y me enriquezco a tu costa, total no me importas.

Grandes individuos. Paupérrimos en conjunto. Mis morcillas en almíbar.

(Inspirado en las últimas injusticias acaecidas en mi país, entre otras…)

martes, marzo 17, 2009

Perth, 14th March 2009

No me gustan las hamburguesas en Australia. Y no es que no me gusten, es que no me gustan las de aquí. Con esa mayonesa dulce, con esa remolacha, bañada en salsa BBQ, el sabor te empalaga hasta la mucosa nasal. Pero ese día andaba apurado así que pedí el combo doble con todo -no, no please, medium size. No, miss, no deserts, thank you- Agarro mi bandeja y me la llevo a una apartada mesa alta de cuatro puestos, de esas para gente solitaria que come sin compañía. Que nadie me hable, que nadie me vea, sólo quiero comer rápido, relajarme y salir. Y sí, reconozco que me gusta la vista amplia que te dan esas mesas, son muy apropiadas para la práctica del people-watching.

Con sumo cuidado desempaqué mi hamburguesa, calculé meticulosamente la fuerza con la que tenía que encajar el pitillo en el centro exacto de la tapa del vaso de coca-cola, lo meto y listo, ya estoy comiendo. Fue allí cuando comencé a observar a la gente a mí alrededor. En frente está un flaco largo con su novia, se ven muy enamoraditos, en un rascabucheo típico de la edad. En la esquina está una abuelita con su nietecita. Y la nené me saluda a lo lejos como diciéndome: “te estoy cazando” mientras las detallo. Es que tú sabes, todas las niñas se ríen conmigo. Y en el centro ¡epa! Allí está un gordo con su hijo gordito, con una cara y ademanes que juraría ya que este tipo es Venezolano. Pero es que Perth ya parece Miami, uno se los consigue por todos lados. ¿Qué hago, me acerco a saludar? Nooh, que va. La primera regla de oro entre los venezolanos en el exterior es que sí te consigues a uno en la calle, mejor déjalo pasar. A un venezolano te lo tienen que presentar en casa de alguien o conocerlo del trabajo o algo; si te tropiezas a uno en la calle, la desconfianza generalmente se impone.

Pero veamos, el hijo es igualito al papá, los dos gorditos. Papá gordo está hablando por teléfono celular, un iPhone de esos –con musica, facebook, agenda y pues si vibra quien sabe para que más le servirá- y se le escucha en un español desgañitado: “no, no mamá, que se joda. Si el tipo ese no quiere pagar los 350 por la Hummer no se la vendas”. Y es allí cuando el hijo gordito le dice a papá gordo: “Papá, pupú”. Y papá gordo: “bueno mamá, yo se que ya yo me vine para Australia y tengo que salir de esa vaina pero coño, la Hummer está como nueva y además allá está cotizada con la escasez de carros que hay…”. En eso niño gordo se baja de la silla, se mete debajo de la mesa y con su manita le toca la panza al papa: “Papá, pupú. Quiero hacer pupú” a lo que el padre responde: “¿qué? ¿300? ¡No pana! Mira mama, yo tengo que sacarle algo. A mi me costo como 300 y eso antes de los rines que le monte”. Y el hijo: “Papá, pupúuu!”. En eso el gordo le tira un manotón a la bolsa de papas y se mete varias de un golpe: “essam… ñam… Hummerm … ñam… ñam… que se jodam… ñam”. Y niño gordo: “Papi, pupúuu!” A estas alturas la abuelita de la esquina estaba roja a punto de gritar “oh my god!”; el flaco parecía que se iba a lanzar un clavado en la merengada y la novia estaba sudando a borbotones con ganas de que se la tragara la tierra. Y papá gordo siguió luego de tragar: “¿y es que pa’ papaito no hay nada? Es más, ahora sacando cuentas, esa Hummer está muy barata. Pónsela en 370 a ver que te dice el carajo…”. “Papá, pupú”. “Si vale, y si no le vendemos la camioneta a otro” “papi, ¡pupú por favor!”. “dile al tipo que si me deposita en dólares afuera podemos hablar”. “Papá, pupú”.

Fue allí cuando niño gordo se paró en medio del pasillo, puso una piernita a un lado, la otra del otro y cual luchador de sumo, se agachó levemente y pujó. El sonido y el aroma que lo siguió nos hizo entender a todos los presentes que había cumplido su propósito a cabalidad. Entonces niño gordo se acerco al padre y lo llamó: “Pápi, papi” a lo que papá gordo respondió: “sí bueno hijo ¿qué es lo que pasa?”. Allí me provocaba pararme y gritarle: “¿cómo que qué le pasa? Que se cagó, se cagó aquí en frente de todos mientras tú hablabas pendejadas por la verga esa” pero no dije nada, tu sabes, es que soy tímido. Niño gordito le dijo “pápi, quiero ir a un parque” y el padre respondió “está bien hijo, vamos”, tomó a su hijo de la mano y recorrieron el pasillo dejando una parda estela a su paso. En su ruta a la puerta de salida, papá gordo me pasó por un lado y en perfecto english-ñol me preguntó : “excuse me my friend, where is the nearest park?” A lo que respondí:

- Sorry mate, I don’t know. I’m not from here.

martes, febrero 24, 2009

The aussie way (5): Pubs and alcohol

-Fer.., fancy a drink?- me dijo un compañero de trabajo mientras yo estaba concentrado en la oficina. –Alrightie, just let me give a ring to the boss- contesté mientras marcaba el teléfono para llamar a la ministra de relaciones exteriores: que mi amor, tu sabes, que es viernes, que voy con los muchachos, dejo el carro en la casa, que sí, que regreso con fulano que su esposa lo pasa buscando. ¡Listo! –Ok guys, let’s go-. Y nos fuimos.

El pub debe ser la mejor de las invenciones australianas. No es el mismo pub oscuro británico lleno de tipos tatuados malencarados mata-wogs (aunque ese tipo de pub también existe aquí) Es, generalmente, un sitio donde se puede comer –a carta fija, no al mismo nivel de un restaurant- con cierto ambiente cordial, me atrevería decir que a veces familiar, donde hasta es posible encontrarse con niños - aunque esto es poco común-. Por supuesto, invariablemente hay una barra, y mucha, mucha cerveza y otras bebidas espirituosas. Y así pues, allí estaba yo, llegando ese viernes por la tarde a un aussie pub con algunos compañeros de trabajo.

-Guys, this shout is mine- dijo uno mientras se paraba de la mesa y se dirigía a la barra. Un shout es una ronda. Aquí existe toda un ceremonia respecto a tomar y a los shouts. Es suficiente decir que, primero, nunca se toma sólo, siempre hay que buscar al menos un mate (compañero) para tomar. Segundo, cada shout que uno reciba debe devolverse –brindarlo- en las siguientes rondas. Tercero: uno no puede retirarse del pub si las rondas no le han permitido devolver los shouts (shame on you); el que se pare es un piker (ni me atrevo a traducir eso). Y –aquí está- cuarto, esta cuarta regla se refiere a la forma y cantidad de lo que se toma.

En la mesa se comenzó con cerveza. Luego alguien sugirió: “next shout spirits guys!” y tomaron whisky Bourbon. De allí otra vez a cerveza, a veces negra, a veces blanca. Luego a cócteles bomba. Ya aquí algunos se estaban descomponiendo: “Maaaatee, you are my mate, ain’t you?...you ain’t gonna get angry with me never ever are you, hahahaha…”. Los tres pegaban saltos, le daban puñetazos a la mesa, se metían con el que pasara; ojos desorbitados, baba cayendo por la boca. Miro a mi alrededor y si bien el ambiente era todavía cordial, sí habían algunos excesos etílicos aquí y allá. En particular en la barra había uno con lentes que se caía de la silla alta de vez en cuando y lo que cargaba era una “voladora” de película. Yo a esas alturas tampoco notaba la diferencia entre una cerveza y una sopa de pollo, por lo que me fui a la terraza a respirar un poco de aire fresco.

Allí en la terraza me puse a cavilar: en Latinoamérica y la Europa mediterránea es embarazoso el lucir así de borracho y ruidoso. Allá es más macho el que aguante más palos sin perder la compostura. Aquí no. Aquí es lo contrario. Como buenos herederos de la Europa nórdica, en Australia es más macho el que se embriague y pegue brincos más rápido. Para eso se bebe, para olvidar, “to get away”. Por eso es que mezclan bebidas, para irse al demonio lo antes posible. Y beben como cosacos, en cantidades industriales. ¡Todos! Hombres y mujeres. No lo digo yo, el problema lo reconocen ellos mismos. Emborracharse aquí es “cool” y es promovido desde todos los espacios sociales: colegios secundarios, casas, amigos. Si sabré yo lo que es ser adolescente y que los amigos te digan: “¿pero tú no lo haces?, lo tienes que hacer, todos lo hacemos, ¿no lo has hecho todavía? ¡Hazlo! ¿Cuando lo vas a hacer?” Y algunas otras cosas frecuentemente vienen con esta cultura etílica fiestera: alcoholismo real, promiscuidad y drogas incluidas. Aquí los adolescentes tienden a ser muchísimo más liberales. Por eso, porque aquí es Cool lo que en Latinoamérica es embarazoso, porque aquí sí hay cultura de emborracharse y no de mantener la compostura; por eso sostengo que en Australia hay que estar más alerta con un hijo adolescente que en Latinoamérica.

En Venezuela, por supuesto, también hay alcoholismo, sobre todo en barrios pobres donde eso de mantener la compostura no se usa tanto. Pero de la clase media hacia arriba todavía existe cultura de beber socialmente y no emborracharse, o al menos fingir no estar borracho, para no “pasar la pena”. Eso sorprendentemente persuade a muchos a beber con moderación. Pero aquí no estamos protegidos por el mantra de una clase privilegiada. Aquí vivimos como todos, en el gran barrio Australia -casi- sin clases, donde todo lo que le pase al populacho, bueno o malo, le puede pasar a uno. Dicho esto, lo que se necesita es sólo un poco más de atención al adolescente, más nada. Conozco muchos casos donde todo va bien –y también algunos donde no-.

De vuelta de la terraza, ya adentro se había prendido una trifulca que involucraba al amigo volador de lentes de la barra con otro más. Se estaban dando con todo. Borracho es borracho.

jueves, febrero 19, 2009

4 ingredientes para Naty

Hace unos días me puse a escuchar un programa de opinión por radio venezolana en Internet. La cosa fue más o menos así:

-¿Aló? ¡Ay gracias por atenderme! Al fin voy a poder desahogarme de todo lo que nos esta pasando – dijo la chica con el típico acento “mandibuleao” del este Caraqueño.

-Me llamo Natalia pero me dicen la Naty… Bueehno, es que estoy super friqueada y shoqueada. O seeea ¡ya no aguanto más!- siguió nuestra amiga. Y por cierto, estos dos últimos verbos vienen de freak y shock en inglés.

Luego de una corta conversa y frente a las invitaciones del conductor del programa para que se desahogara, la moza culminó muy elocuentemente:

-…y lo que no puedo entender es como nosotros los Venezolanos, una gente tan linda, terminamos gobernados por ese monstruo, tan feo, tan grosero, vulgar, enredador, tramposo, que manipula los resultados de las elecciones y que además tiene a este país sumergido en una sola crisis y una sola pelea desde hace 10 años. Es que yo lo veo tan claro… ¿Cómo nos pudo pasar esto? ¿Cómo es que los que todavía lo apoyan no lo ven? ¿Son tarados?-

Ay Naty, Naty. Escucha Naty. ¿Que cómo nos pudo pasar esto? ¡Las cosas pasan loquilla! si los planetas se alinean, si combinas los ingredientes exactos, en el momento preciso. Mira, toma una licuadora y mete estos 4 ingredientes:

I. Nuestra sociedad disfuncional: con los típicos problemas de cualquier sociedad latinoamericana: una gran mayoría pobre olvidada y una minoría dirigente –desde la clase media hasta la política- que los miran por encima del hombro, los ignoran y sólo piensan en ellos mismos y su cogollo. Estos últimos además les dio por ser más corruptos que nunca en un momento histórico por allá a finales de los 80.

II. La resaca soviética: en los 60 y 70 los soviéticos financiaban el adoctrinamiento desde adentro de las filas de los jóvenes militares en Latinoamérica –Venezuela incluida- como un plan para expandir el comunismo. No resultó bien, y luego lo intentaron en las universidades (por eso el halo izquierdoso de casi todas las universidades de la región) pero el caso es que un obsequioso joven militar, al cual llamaré “Esteban de Jesús”, sí que resultó adoctrinado en extrema izquierda y comunismo. Este mismo Esteban se rebela contra la putrefacta clase política de los 80 y se levanta contra el gobierno en un golpe de estado a principios de los 90.

III. A un carismático oportuno: Esteban se las arregla para ganar popularidad desde la cárcel a la cual fue a parar por su insurrección. Sale. Forma un partido político, se aprovecha de que la gente estaba harta de la clase política existente, se lanza a la presidencia y ¡oh sorpresa! ganó a finales de los 90.

IV. Petrodólares: al segundo año de gobierno, justo cuando la luna de miel se le acababa a Esteban, el condenado tiene la recontra suerte de que el barril de petróleo sube a precios estratosféricos. La entrada de petrodólares le ha dado –hasta hace poco- financiamiento para mantener cierto nivel de popularidad de forma artificial en base a regalos, dadivas, corrupción, compra de conciencias, amedrentamiento, de todo un poco.

Y mi querida Naty; a estas alturas creo que no vale la pena porfiar que somos gente tan linda, insistir en que lo que esta allí no está, seguir diciendo que el rey no está desnudo. No vale la pena negar nuestras disfuncionalidades como sociedad y mucho menos ahora cuando se hace evidente que es principalmente por ellas que estamos donde estamos. Nuestro país no es ni la peor ni la mejor sociedad de América Latina, pero sí es a la que se le alinearon los planetas hoy, a la que se le revolvieron esos 4 ingredientes en la secuencia precisa.

Y ya ves mi estimada Naty: las cosas sí pasan. Allí está la Alemania nazi, y sin irse tan lejos: las cruentas dictaduras de Argentina, Chile y Brasil en los 70. ¡Vaya! ¡Si le sigue pasando a Cuba desde hace 50 años! A ellos ya les tocó, se les alinearon los planetas en su oportunidad. Ahora nos tocó a nosotros. Todos estos casos Naty, demuestran que la democracia no es perfecta pero es lo mejor que hay. Lo que le falta para ser perfecta, ese 2% perverso, maligno, cuando las cosas salen pésimo aún en democracia, allí vive Venezuela en este momento. A veces por ese 2% se sale del área democrática, y se regresa, y uno no está ni seguro cuando Esteban fue democrático y cuando no lo fue.

Naty, a riesgo de que te molestes conmigo te voy a decir una cosa: el ventajismo exagerado y hasta la trampa son parte del juego democrático, de ese último 2% imperfecto. En todos los países, el gobierno en alguna oportunidad ha abusado de su poder. Sino acuérdate del 2004 cuando Bush le ganó a Gore en los EEUU. El abuso de poder, la intimidación, presos políticos, trampa electoral, uso del dinero para fines políticos y no para la prosperidad del país, todas son viejas fórmulas. El gobierno será tan abusador y doblará las reglas de la democracia tanto como las circunstancias de popularidad le permitan. No hay gobierno que resista una popularidad de menos de 10% por mucho dinero y ventaja que tenga. Así fue como sacaron a Fujimori del Perú, pero lamentablemente ese no es el caso en Venezuela –todavía-.

Paciencia Nati, que al menos el cuarto ingrediente ¡ya no está! Con la maquinaria de gasto de este gobierno, a finales de este año van a estar sumergidos en una falta de liquidez tan profunda, que nadie se va a acordar de ese pedazo de referéndum que se celebró en Febrero. Y la gente lo va a cobrar. Quédate tranquila Naty, tranquila.

domingo, febrero 15, 2009

Country


La campiña o interior del país es similar en todas partes. Y sus personajes también: el vaquero americano, el caipira brasileño, el gaucho argentino, el llanero venezolano, todos son versiones del mismo héroe. Pero se me atoja que el aussie farmer, o granjero aussie y en general la vida en el aussie countryside guarda una increíble e inenarrable similitud con su análogo americano.

El granjero aussie, trabajador como el solo, es un personaje que se levanta a las cinco de la mañana a hacer sus faenas. Trabaja con sus manos; el mismo atiende la tierra o ganado, y si acaso tiene a un grupo de 2 o 3 que lo ayudan, generalmente de la misma familia. Anda por necesidad en una camioneta UTE -la cual es una versión de la pick up americana- con la que surca inmensas praderas verdes y largas carreteras en busca de materiales, hablando con gente, resolviendo prestamos con el banco, atendiendo sus asuntos contables, negociando la cosecha con los –siempre usureros- mayoristas o con las –más usureras aún- grandes cadenas de supermercado. El Aussie farmer pasa mucho tiempo bajo el sol y a pesar del sombrero aussie que lo acompaña, siempre está sunburnt –quemadito pues, rojo como un tomate- especialmente en la parte de atrás del cuello. Visitar la Australia rural es como viajar en el tiempo; en algunas emisoras de radio sólo suenan canciones de los ochenta, por todas partes hay vallas y avisos con letras góticas, las costumbres tienden a ser conservadoras, y la vestimenta campesina. Además el acento es lo más enrevesado que uno se pueda imaginar, escuchar hablar a un tipo de estos es como teletransportarse a la sala de calderas de un barco a vapor. En el pueblo todos se conocen y se llaman por su nombre entre ellos con una familiaridad y complicidad que marca un claro “nosotros somos nosotros” que recuerda la sensación de un caraqueño de visita en el Zulia.

La Australia urbana es otra cosa pero lo mismo a la vez. O más bien eso quiere ser. Es en la Australia rural donde Australia es realmente Australia. Las capitales Australianas se resisten a madurar y se aferran a su pasado –no tan lejano- de pueblo rural, y es de allí donde sobrevive el Mateship, cuyo contenido en el fondo tiene un dejo de “nosotros somos nosotros”. Es en la Australia rural donde las cholas y los pies descalzos al final de un arduo día de trabajo se popularizan. Las camionetas UTE que tanto usan los jóvenes en las ciudades se originan en la vida rural; y el comercio que cierra a las 5:00pm es otra referencia de la ciudad que insiste en ser bushy. Y ni hablar de las costumbres conservadoras. Australia, la verdadera, la que quiere ser, vive en el aussie countryside.

Muchos años antes de vivir en Australia aprendí que en teoría de la comunicación cuando a uno le mencionan, por ejemplo, la palabra “pájaro”, uno se imagina a su ave particular y esta no es igual a la que usted se figura, o a la del otro más allá, sino que cada quien se imagina algo diferente. Así yo me imagino a un halcón, otros se figuran a una gaviota, algunos un colibrí, y puede ser que alguien piense en un avión o en un terodáctilo, o aún en algo más sugerente. Cosas de la mente. Así cuando dicen Australia, la mayoría pensará en el Harbour Bridge de Sydney, o en la gran barrera de coral, o en la playa. Yo en cambio me pinto un granero. Y el granero no viene solo, viene con una pradera verde y una montaña de fondo. Hay gente en el granero: son granjeros aussies trabajando ¡trabajando duro carajo! porque aquí todos trabajamos, trabajamos hasta la hora, balanceando la vida personal para tomar aire y trabajar de nuevo al día siguiente o el lunes, pero todos trabajamos, en equipo, en sociedad.

Esta semana varias decenas de incendios simultáneos azotaron y continúan azotando al interior de Victoria y literalmente cambiaron la cara de la vida rural del estado. Los resultados de la devastación son, hasta ahora, 181 muertos, 1800 casas destruidas, 7000 personas quedaron sin techo. Es la mayor tragedia natural ocurrida en Australia hasta la fecha y rivaliza con las no naturales, por ejemplo el impacto es mayor que las bombas de Bali. Las imágenes en los medios son trágicas y la respuesta de la sociedad abrumadora en términos de solidaridad y donaciones.

Muy a pesar de las decenas de muertes violentas todas las semanas en Caracas, no puedo dejar de conmoverme frente a como esta sociedad se mueve en equipo, alineada, bien dirigida por su liderazgo, para salir de esta tragedia.

Donaciones a la causa de los afectados por los incendios en Victoria aquí.

lunes, febrero 02, 2009

La imposibilidad del no

Mucho se ha hablado –particularmente en los últimos tiempos de éxodo masivo de criollos al exterior- sobre que es lo que más caracteriza a los venezolanos. Se dice que somos comedores empedernidos de arepas y de diablitos Underwood, que tomamos Toddy, Frescolita –y un Nestea especial también-, que somos muy solidarios para rumbear –y un poco desunidos para casi cualquier otra cosa-, que somos amigeros, habladores, exagerados, bailadores, con bellas mujeres, se habla de todas esas cosas y más; todas discutibles, todas vulnerables, todas clichés con numerosas excepciones a la regla.

Yo creo, en cambio, que lo que más nos caracteriza es algo mucho más sutil; vendría a ser algo que afecta todos los aspectos de nuestras vidas –particularmente como nos relacionamos-. Planteo aquí que nuestra marca de fábrica, nuestro talante común, es nuestra imposibilidad de decir “no”.

Y así es. Lo que para cualquier mortal criado en otros pagos seria resuelto con un sencillo “no, panita, hoy no puedo”, a nosotros nos cuesta un mundo. Por ejemplo, propóngale usted a un australiano que conoció en una reunión –digamos, no exactamente a un amigo, sino alguien que sabes que se caen medianamente bien- que un día por favor te cuide al niño, que tú tienes que hacer una diligencia. El anglosajón en cuestión dirá que sí, si realmente puede y si quiere hacerlo. Si no puede, y aún si puede pero simplemente no quiere, sin ninguna razón lógica, él va a decir que no –punto-.

El mismo caso pero esta vez entre venezolanos, o mejor, entre venezolanas –supuestamente amiguísimas-:

- Aló ¿manita? ¿Hola, como estás?
- Chévere, ¿y tú?
- Bien vale… aquí pasando calor, en estos días la temperatura ha llegado a 43…
- Ay sí. No veo la hora que llegue el invierno de nuevo…
- Sí vale… Mira mana, tú sabes que este viernes tenemos la fiesta del trabajo de Juancho y tú sabes como es la cosa aquí: No kids. ¿Será que tú puedes hacerme la segunda con mí chamo?
- (Pensando: “… está sí que es fresca de verdad, con lo que me cuesta mi tiempo libre esta cree que lo voy a querer pasar cuidando un muchacho de otro…”)

Pero en ese momento la neurona 4301 se le cruza con la 2345 y en el cortocircuito liberan una enzima desoxirribonucleica que le nubla el pensamiento, y le dice:

- Ok chama, tráeme tu chamo el viernes.

Y por supuesto, se queda pensando –y peor, comentando- que su amiga es una abusadora. Pero no le dice que no. No se lo dice, porque ella misma no sabe recibir un no. Si uno le pide un favor a un compatriota y recibe un no, generalmente uno se ofende. Toda una receta para el conflicto.

Si existiera un antídoto, una suerte de inyección que nos enseñara a decir que “no” cuando hay que decirlo, yo mismo me sacrificaría y haría de conejillo de indias. Me imagino el momento: me inyectan, se me ponen los ojos blancos, la lengua se me sale, pego tres chillidos, y en el trance busco el laptop, me lo pongo en las piernas y comienzo a escribir un post, así:

- ¡NO! Porque no me como, nunca me he comido y nunca me comeré, esas morcillas en almíbar que llaman la revolución bolivariana.

- ¡NO! Por haberse jugado la carta del odio dividiendo a los venezolanos y aglutinando contra enemigos imaginarios. ¡Que fácil se vende el odio!

- ¡NO! Por bravucón, guapo y apoyao en una chequera de petróleo. Te quiero ver ahora sin plata, papá.

- ¡NO! Por emplear la sutil intimidación: lo suficientemente sutil para desmentirla a nivel internacional, lo suficientemente contundente como para asustar. Me refiero aquí a las listas de opositores marcados, a las brigadas de choque de civiles “independientes”; a las amenazas públicas; a eso y más.

- ¡NO! Por fingir querer a un pueblo dándole regalos y dádivas, y no lo que realmente necesitan: educación y trabajo.

- ¡NO! Por querer quebrar el sector privado productivo del país y sustituirlos con puestos de trabajos improductivos en la nómina pública para disfrazar el desempleo y crear dependencia con el régimen.

- ¡NO! Por meterse con lo más sagrado: destruir la educación, cambiar la historia que se cuenta, crear carreras universitarias de 2 años, secundarias de 2 años, primarias de 1 año.

- ¡NO! Por meterse con lo más impoluto: nuestros niños declamando poemas a revoluciones absurdas, inventar que la patria potestad de los niños no es de los padres sino del estado.

- ¡NO! Porque nunca había habido tanta escasez, tantas empresas quebradas, tanto retroceso, y a la vez nunca había entrado tanta plata en tan corto tiempo al país.

El antídoto sirve. Inmunízate. Aprende a decir que NO este febrero.