jueves, noviembre 19, 2009

El muy personal éxito

Siempre lo he dicho y lo sostengo: todo lo que he hecho en esta vida se lo debo a una mentira. A una mentira oportuna, sabia, llena de ilusión -y sin duda- carente de ingenuidad. Mi papá siempre me repetía cuando niño: “mira chamo, cuando tú seas un líder, tienes que saber cómo tratar a la gente…” y por allí se extendía. O afirmaba: “…porque cuando seas un profesional y estés a cargo…”. Y así me fue llenando de afirmaciones positivas. Él daba por sentado que yo llegaría muy lejos, que tendría éxito porque tenía con que, porque sí, y punto. Y yo me lo creí.

El éxito es un concepto difícil. Es algo muy subjetivo. Mucha gente lo asocia con bienes materiales: el auto o la casa de mis sueños, dinero (o gastarlo a manos llenas); otros lo relacionan con formas espirituales: familia, amigos, paz interior. Hay quienes lo atañen con aspectos más corpóreos: apariencia física, poder, control, reconocimiento público. Lo más probable es que cada quien tenga una combinación de estos. En este momento pienso a futuro en cuál sería mi combinación y se me vienen a la mente cualquier cantidad de cosas transcendentales. En cambio, si miro atrás y recuerdo los instantes en los que me he sentido realmente exitoso, encuentro que no son momentos particularmente elevados. No son momentos ni familiares, ni siquiera muy públicos, son más bien instantes muy personales. Por alguna razón los delirios de éxito son siempre eso: chispazos de personalidad más o menos viscerales.

Por ejemplo, cuando tenía pocos años de graduado, era ingeniero pero trabajaba en negocios –alguien tenía que llevar la tecnología a las empresas ¿no?- y viajaba mucho. Recuerdo una vez que hice un Caracas-Munich-Bogotá-Lima como en dos semanas. Al levantarme en el hotel en Lima, abrí los ojos y me abrumó el cansancio, mezclado con el desarraigo, con la modorra, con el pisco sour de la noche anterior, y me sobrevino la duda existencial: “¿y dónde coño estoy…?”. Me reí de mi mismo mientras me levantaba, me pareció deliciosamente Cool no saber por un instante en que país me encontraba, porque había viajado mucho, porque estaba allí para hacer negocios, porque supuestamente me iba a ir bien. Y al asomarme a la ventana y ver la vista sobre Lima, cual delirio del Chimborazo, cual Napoleón en Montmartre, en ese instante me sentí exitoso; me creí –sin que las ruedas del carro chillen- un James Bond. Muchos años me faltaban allí para inclusive saber lo que era hacer negocios de verdad, en particular como se hacían en America Latina. Igualmente mi juventud no me dejaba digerir las inconveniencias de vivir entre aeropuertos y hoteles. Pero claro, yo todavía no entendía nada de eso en aquel episodio de grandilocuencia introspectiva.

Varios años después me tocó vivir en Brasil por un corto periodo. Que de tiempos turbulentos en São Paulo. Al principio me pegó y juro que emulaba la estampa del pobre tipo que va dándole pataditas a la lata en el fondo del callejón. Todavía soltero, con mucho trabajo y relativo poco tiempo libre, me refugié en la lectura. Leí novelas, cuentos, ensayos políticos, filosóficos, de todo. La sociedad paulista era mucho más pujante y alentadora de valores artísticos y espirituales de lo que nunca fue Caracas. Varias veces experimenté que al terminar la última página del libro y cerrar la contratapa, yo ya no era la misma persona. Y así me conquisté a mí mismo, y una vez más la sensación de éxito me embargaba, pero esta vez mucho más dulce, más espiritual, menos material, pero -se me antoja- más tangible. Mucho de lo que soy hoy –y muchas de las palabras que he vertido en este espacio virtual- vienen de esa época. Sin embargo, el tiempo me enseñaría luego que siempre se abre una brecha entre lo que uno vívidamente sueña y lo que se puede realizar, y que el truco está en saber la diferencia. Como leí una vez –de esa época-: “cabeça nas estrelas, pés no chão” o “cabeza en las estrellas, pies en la tierra”.

Hoy en la víspera de mi cumpleaños, reflexiono que el tiempo lo hace a uno menos proclive a esos destellos de éxito personal. Hoy la familia y en particular mi hija lo es todo. Una hija como Viv ocupa todas nuestras energías. Viv va al colegio, y en las tardes y fines de semana hace gimnasia, ballet, natación. Le gusta socializar con sus amiguitas, dibujar, practicar matemáticas; lee al menos dos o tres libros por semana por pura diversión. Es una estudiante excepcional y nunca se cansa, siempre está haciendo algo, preguntando, curioseando. Lo que más me sorprende es el entusiasmo y pasión que le pone a todo lo que le gusta. Y es así como obtiene resultados destacados. Sinceramente, cada vez que me siento cansado como para hacer algo, me acuerdo de la pasión y energía de Viv y me doy aliento.

Pero discúlpenme tanta letra y tanta vuelta, cuando desde el principio lo que quería decir era algo muy sencillo: se me antoja ahora que el éxito más grande que yo haya podido alcanzar es que mi hija hoy sea un ejemplo para mí, en vez del modelo clásico que yo sea el ejemplo para ella. Gracias por ese regalo de cumpleaños; no sé si me lo merezco, pero lo aprecio entrañablemente. Gracias.

lunes, octubre 05, 2009

Las cosas de Perth a las que nunca te acostumbras (y posiblemente de Australia también)

- Que te quedes estático por más de 10 segundos y al salir del letargo estés lleno de telarañas.

- Que en verano casi nadie use zapatos en la calle.

- Que toda vagabundería quede justificada con un “pobrecito, estaba borracho…”

- Que si te agarran pidiendo una botella de vino que no sea de Western Australia, el local te mire como si quisiera volverte morcilla con su visión de rayos X.

- Que absolutamente todo el mundo, a todo nivel, sea super chismoso, pero a la Australiana: que el afectado nunca se entera (“confidencialidad”, le dicen aquí)

- Que los venezolanos aquí chismeen a la Australiana pero que el afectado siempre se acabe enterando.

- Que en cualquier actividad formal, por ejemplo trabajo, la gente no te dirija la palabra hasta que no te conozcan bien.

- Que en cualquier situación informal, por ejemplo en la calle, todo el mundo te hable como perico sin conocerte.

- Que todo el mundo se niegue –y hasta se ofenda- en reconocer diferencias sociales entre australianos (supuestamente aquí no hay diferentes acentos, todos las urbanizaciones son iguales para vivir, todos somos igualitos…)

- Que los mismos carajos que dicen que todos somos iguales clasifiquen a la gente en los que viven al norte o al sur del rio, o los que tienen a los niños en tal o pascual colegio privado, o los que tienen o no una lancha. “Es que no son diferentes clases; son sólo diferentes demographics…”

- Que en las urbanizaciones de clase alta la gente sea súper sociable, y en las de clase trabajadora la gente tienda a ser más engreída y antisocial (¿Y entre venezolanos no era al revés?)

- Que la mentalidad sea “el lugar de la mujer es en la casa cuidando a sus muchachos y punto, no joda”.

- Que a pesar de lo anterior sea frecuente conseguirse mujeres electricistas, o mecánicos, o ejerciendo cualquier tipo de profesión en la sociedad.

- Que se crean que inventaron a la parrillada como evento social.

- Que el tema de conversación más recurrente sea el origen étnico de la gente y que tu carta de presentación sea tu raza. Ah, y que no entiendan que los latinos no son una raza originaria sino una mezcla. Es más: que no entiendan lo que es una mezcla –en este contexto-.

- Que si tienes o quieres hacer un posgrado eres un animal raro; si tienes más de uno eres un bicho insólito; o si hablas tres o cuatro idiomas eres un extraterrestre.

- Que todo cierre a las 5:00pm y esté cerrado todo el domingo. Y que –hasta ahora- no hayan aprobado horas extendidas de comercio.

- Que se acuesten a dormir con las gallinas a las 8:00pm. Y que se levanten –con los gallos- a las 4:00am.

- Que haya esta pepa de sol a las cuatro de la mañana y que no hayan querido cambiar una hora en el verano como el resto del mundo civilizado para aprovechar mejor la luz (dizque porque los niños se quedan despiertos hasta más tarde, o porque hace más calor, o porque las vacas se confunden)

- Que te consigas una jauría de canguros en la calle (o como se diga grupo de marsupiales)

- Que haber visto a un tiburón en la playa sea tan común como haber visto una culebra en Venezuela.

- Y last but not least, que las tiendas tengan ofertas especiales todo el año: descuentos de temporada de 20% (luego de haber subido el precio al doble); o los descuentos de 40% cuando uno regatea -no es por nada, pero si yo doy un descuento de 40% estaría poniendo por escrito en la factura que fui un autentico ladrón desde el principio, ¿o no?-.

jueves, septiembre 24, 2009

Wilmer

El pana Wilmer vive en Caracas. Igual que el panita Alberto.

Wilmer M., conocido en los bajos fondos como “el Wilcho”, es mecánico de oficio. Soñador, músico y siempre pelando bola, coexiste en esa Caracas de barrio desconocida para muchos; “pobre pero honrado” como diría él. En Venezuela si creciste pobre, por como luces y te expresas –por tu pinta pues- es típico que alguna vez te hayan negado la entrada en algún local nocturno, o te hayan rechazado de algún trabajo, o simplemente alguien se haya incomodado por tu presencia y te lo haya hecho saber bruscamente, tú sabes, ese tipo de roce tan criollo, tan “nuestro”. El caso es que Wilmer, por supuesto, no era inmune a esas sutiles señales y las fue anotando por ahí a través de los años. Hoy no es de extrañar que Wilmer se sienta identificado con su presidente –también conocido en los bajos fondos como “Esteban”-; después de todo este habla y luce como él, a Esteban también “los otros” le dicen “mono” o “macaco”, y es lógico que cada vez que Wilmer escucha que llaman así a su presidente le de un poco de rabia y se identifique aun más con él. Wilmer toda su vida fue pobre y se sintió olvidado por todos, en especial por la clase dirigente; pero hoy en día tiene una conexión emocional con su líder político. Además, gracias a su presidente, él, su esposa y dos hijos ahora están estudiando de noche, todos sacando el bachillerato, y por ello recibe un ingreso de alrededor de $100 por cabeza al mes (que en Venezuela bastante ayuda) Y no sólo eso, sino que el bachillerato lo puede sacar en dos años. Ah, y luego seguir a la Universidad –que son sólo dos años más, Bolivarianamente hablando-. Y ni hablar del mercado popular que ahora tiene el barrio; ni del nuevo servicio de medicina preventiva local. En fin, si tú fueras Wilmer, también quisieras a Esteban de presidente, y hasta el dos mil siempre.

El pana Alberto también vive en Caracas. Igual que el panita Wilmer. En la Caracas del este, la buena, donde las luces brillan bonito. Él se cruza con Wilmer sólo en el taller donde lleva el carro a hacerle el servicio. Alberto es el típico clase media, profesional, graduado de universidad –pública por cierto. Como todo clase media, para él su Venezuela, su país, es su gente, sus amigos de la urbanización, del trabajo, sus recuerdos de universidad. ¿Barrios pobres? Ni de cerca. Jamás ha pisado uno. Como muchos venezolanos medianamente acomodados, él siempre ha tratado de distanciarse de todo lo que le huele a pobre gastando fortunas en mantener apariencias: en carros, en el club, en pinta, en viajes a Miami, en fiestas de socialité, en lujos. A pesar de la situación actual del país, Alberto todavía se siente orgulloso de su origen y su lema es “en Venezuela todos tenemos la misma oportunidad” en referencia a que si estudias y trabajas duro, seguro sales adelante. Y así lo hizo él, estudio y se fajó para llegar a donde está. No obstante Alberto hoy se preocupa porque las oportunidades de salir adelante se le cierran; el actual gobierno interviene empresas productivas para sustituirlas por versiones estatales ineficientes, el desempleo entre profesionales aumenta, los salarios se hacen pírricos. Además se intimida a opositores del régimen con varios esquemas: listas de personas, cierre de medios de comunicación. Sin mencionar que se está destruyendo la educación y con ella el futuro. La guinda de la torta es que su presidente –sí, Esteban- se expresa en forma grosera, vulgar, y él no se siente representado por esos valores. Alberto, sin más, está muy preocupado y no puede entender -no le cabe en la cabeza- que alguien en su sano juicio pueda apoyar al actual gobierno de su país.

Hace unas semanas vino a Perth un dirigente estudiantil venezolano a dictar conferencias en un par de universidades sobre las bondades de la revolución bolivariana. Tuve la experiencia de escuchar –e intervenir- en una de las charlas. El discurso del muchacho me lo sabía, pero una cosa es recordarlo y otra diferente es volver a sentir tan cerca aquello que sólo leía en línea y discutía con amigos después de tanto tiempo. Lo que más me hizo mella no fue lo que dijo el párvulo oficialista sino los post comentarios, lo que luego leí, investigué, discutí, para darme cuenta –y sorprenderme- con lo poco que entendemos los venezolanos a la crisis moral en la que estamos sumidos.

Venezuela tiene una pobreza de más del ochenta por ciento. La clase media es sólo un 10% del país. El solo pensamiento de que todo el que estudie podrá tener una vida digna, como enfatiza Alberto, está ignorando hechos simples como que no a todos su condición les permitirá estudiar. Algunos sin recursos tendrán que trabajar temprano, o a otros la cabeza no les dará para estudiar, después de todo eso no es para todo el mundo. Australia, EEUU o cualquier país de Europa está lleno de gente que no termina la escuela secundaria y todos tienen una vida digna, ya sea manejando un camión, o limpiando o tomando un oficio. Es eso o se sobreviene un problema social, caldo de cultivo para la delincuencia y otros vicios. Que todos, no solo los más educados, puedan vivir dignamente, hace una sociedad real, integra. Pero en Venezuela algunos oficios son pensados para gente de segunda con remuneración de segunda. En términos simples, nuestro problema es el sistema de clases en el que hemos vivido por tanto tiempo, en que no nos pensamos como una sociedad integra sino una sociedad de clases, con gente bien y gente mal. Y así lo ve Alberto, que no se puede poner en los zapatos de Wilmer porque para él Wilmer no existe; Wilmer le arregla el carro, se hablan, bromean entre ellos, pero no lo ve, es transparente.

Recuerdo que cuando vivía en Venezuela traer a colación este tipo de temas era exponerse a que te trataran de “chavista light”. Se sobrevenían miraditas, carrasposos, o en algunos casos hasta agresiones, porque “a esa gente hay que oponérseles, hay que odiarlos”. No se daban cuenta, mis queridos clase media, que de eso se alimenta Esteban, del odio, de las agresiones, como en el caso de Wilmer. El pobre Wilmer tampoco se da cuenta que lo manipulan con una inyección de odio; así como tampoco se da cuenta que esos regalos que hoy recibe no son sustentables en el tiempo porque no producen nada, que la educación que recibe es más un adoctrinamiento político que preparación para un trabajo mejor, y que –peor aún- no van a haber trabajos y ni carros para arreglar en un futuro no tan lejano si las cosas continúan como van.

Lo que más duele es que el problema no es la gente, ni sus dirigentes o políticos, es el sistema. No se puede acusar a Alberto –y menos a Wilmer- de culpables. “La culpa no es del individuo, es el sistema que está podrido” leí por ahí. ¿Y que esperanza hay de que cambie este sistema en una o dos generaciones?

Discúlpeme el amigo lector, yo siempre escribiendo cosas que no le interesan a nadie, pero es que la vida es como un paisaje; puedes vivir en el medio de este pero sólo puedes describirlo si lo miras a la distancia.

domingo, septiembre 13, 2009

Imágenes retro

Hoy fuimos a pasear por Cottesloe beach. En todo el trayecto, ida y vuelta, escuchaba en el carro Soda Stereo, el disco en vivo de la gira “Me veras volver 2007”. Tal vez parezca un hallazgo forzado, pero esta tarde descubrí que Soda le queda de perlas a Perth como sound track. Pero claro, de eso no se enteran los perthianos. Y Cerati menos aún.
Lo llaman memoria musical. Nada trae memorias tan vivas como escuchar esa canción de la misma época. Y allí estaba yo, manejando hacia la casa pero con la mente veinte años atrás en el mirador de la Alameda en Caracas, donde bajo los acordes de Nada Personal a un grupo de amigos nos daban las seis de la mañana hablando pajita de la buena. Y ya a esa hora la sinergia era tal, que lo que fuera, lo que pasara, así fuera una mosquita volando, nos daba mucha risa. ¡Ah! y además éramos inmortales. Sí señor.
Hoy en día disfruto otro tipo de música, pero más nunca ninguna melodía me ha logrado mover como la de esa época. Y claro, estoy consciente que con la edad nos volvemos especialmente remolones a aprender y experimentar cosas nuevas. Hablar otro idioma, la forma en que se socializa, las costumbres o la ideología política, todo eso se debería aprender bien antes de los treinta, y entre más temprano mejor. Luego es mucho más difícil. Y cambiarlo lo es más aún.
Mi filosofía de vida es el balance. Compensar la terquedad de la edad, con la sabiduría de la experiencia que viene con ella. Balancear la tozudez, con el entusiasmo de nunca dejar de sorprenderse con las cosas. Bien lo decía Nietzsche: “la madurez no es más que recuperar la seriedad con la que jugábamos cuando niños”. “¡Y que así sea!” me dije mientras continuaba manejando hacia la casa. Y resoluto, me propuse explorar más aun, vivir más en estos tiempos, que allá afuera hay un mundo nuevo, lleno de gente, música y cosas interesantes. Y así llegue a la casa.
Aquí al llegar, me quito los zapatos y me voy al closet a guardarlos. Para mi sorpresa, cuando abro el guardarropa, reparo en la fila de blue jeans: todos, absolutamente todos ¡eran Levi’s 501! De diferentes colores, pero eran los mismitos de hace 20 años. Y lo demás era igual: los zapatos emulaban los mocasines Sebago y Thunderbird, las franelas ahora no son Ocean Pacific pero son Billabong. Chemises, camisas, pantalones ¡todo era ochentoso! si acaso noventoso temprano. Sí, ese soy yo.
Y horrorizado del hallazgo, me fui a la cama en shock.

domingo, mayo 10, 2009

De aquí y de allá (2): crónicas porteñas

Hace 10 años viajaba por negocios con cierta frecuencia a la sugestiva ciudad de Buenos Aires. Recuerdo que aterrizaba en Ezeiza siempre un domingo por la mañana, tipo 6:00 am, y me quedaba todo ese domingo libre para pasear o dormir luego del viaje de casi siete horas desde Maiquetía. En particular recuerdo una vez que apenas pisé Ezeiza me cayó una peste de esas tumba-gente. Y peor, era invierno; pero no cualquier invierno. Era el invierno Rioplatense, híper-húmedo, ventoso, de ese que te congela la medula espinal, del que te hace perder el tacto del lóbulo de las orejas. He estado en otras partes bajo nieve, pero como el invierno porteño no hay.

Siempre me alojaba en el mismo hotel. “En el centro de los acontecimientos” como me lo recomendaron, por allá en la Av. Corrientes justo en frente del Gran Rex. Así llegue al hotel esa mañana de Domingo, me registré y casi arrastrándome -a mí y a mi gripe- llegué hasta la habitación a dormir.

Me despertó el hambre alrededor del mediodía. Me miro en el espejo y me doy cuenta que estoy convertido en la versión trapito de mi mismo. Me toqué la garganta, tragué fuerte y concluí que un gremlin parasitaba mi faringe cómodamente. -Pero tengo hambre, tengo que salir a comer- me dije. -¿A dónde ir? No estoy como para ir a almorzarme un bife de chorizo a Puerto Maderos. Ah, ya sé. Voy a pasar por donde el gallego-. El gallego era un perrero –sí, de perros calientes- que tenía un puesto ambulante al final de Lavalle. El tipo llegó de adolescente a Venezuela, se pasó diez o quince años allá y luego migró a Buenos Aires. Así pues, me armé de valor, me puse no sé cuantos suéteres encima, y yo y el gremlin que me habitaba la garganta tomamos rumbo a Lavalle.

La ruta Corrientes-Florida-Lavalle es un clásico de casi cualquier arte que uno se pueda imaginar. Allí pasa absolutamente de todo, y en efecto de todo vi pasar allí a través de los años; pero ese día, en una matiné de domingo no era el horario todavía de los animales más exóticos. Esa era más bien la hora de las conversaciones en los cafés, de las tiendas abriendo, de los restaurantes populares y sus olores, de las radios voceando: “...temperatura en la ciudad: 2 grados… sensación térmica de -4…”. El viento pegaba fuerte y yo sentía que mi tabique nasal se convertía en titanio. De repente me acorde que le había dicho al gallego que le iba a llevar queso rallado para mejorar esos perros la próxima vez que viniera, así que me detuve en un supermercado y lo compré.

Este gallego tiene unos cuantos años en Argentina. Venezuela –decía él- es su segunda patria así que cuando me ve se transforma. Así pues, me puse la mano como haciéndole un techo a la boca y le grito en caribeño rabioso: -¡eeesse gallego!-. El tipo pego un salto cuántico del susto: - ¡Chamo, me asustaste!-
– Mira gallego lo que te traje, queso, quesito rallado para que mejores esos perros.
- ¡Sos un boludo chamo! Aquí no comemos eso. Los panchos son sólo salchicha, pan y salsa.
- Sí hombre. Mira, dame un perro, o un pancho como les dicen aquí.

En eso otro cliente llegó, pidió un pancho y se acomodó entre nosotros. Y el gallego me dice:
-Chamo, no te ves bien. ¿Qué te pasa?-
-Peste gallego, gripe- le dije mientras me señalaba la garganta de cerca haciendo el gesto de degollación de los emperadores romanos. Enseguida le pregunte: -¿que será bueno para esta peste gallego?-

Fue allí cuando una voz de ultratumba, añejada con toneladas de tabaco y macerada en flema, entre bajos y reverberos nos dijo:
-Rivofedril de 500. Comprálo y tomá una tableta cada 8 horas-

Era el otro cliente del gallego. No le entendí bien por lo atropellado de la voz y le pregunte:
- Disculpe ¿cómo dijo? Anótame ahí gallego, que yo estoy comiendo-.
- Rivofedril de 500, loco. Tomá 2 tabletas ahora y luego una cada ocho horas y verás cómo mañana no te acordás del desgraciado resfriado ese pibe, vas a quedar nuevito-.

El gallego tomó un bolígrafo, una servilleta, y dice: - ¿Rifoldrina de 300, no?-
- No, no. ¡RI-VO-FE-DRIL! Y es de 500, che- dijo el amigo porteño y tose, regurgita, escupe a un lado, y para terminar le pega el último mordisco al perro-pancho.
- ¿Y como se escribe eso tío?- preguntó el gallego.
- ¡Qué sé yo, che! RI-VO-FE-DRIL, como suena, apuntálo bien. Y dame otro pancho por favor- dijo el tipo con su reverberante voz. Y fue allí cuando el gallego dijo algo que nos rompió los esquemas a todos:

- Tío: ¿y eso se escribe con “B” de Barquisimeto o con “V” de Valera?

Ya aquí yo me estaba exasperando. ¿Cómo este gallego del carajo le va a preguntar eso a un tipo que en su vida jamás ha escuchado hablar de esas ciudades? Pero el tipo responde:
- ¿Va..va.. qué? Mirá, ¡qué sé yo, che! Ri-vo-fe-dril, con “v” de… de… Velez Sarsfield- dijo el tipo mientras tosía, tosía que hacía temblar el carrito de perros calientes, tosía hasta quedar morado. El gallego le da el otro pancho y le responde:
- Gracias por la gauchada che. Ya tengo el nombre correcto-

El tipo se despidió y se fue comiéndose su perro caliente. Allí le dije al gallego: - Bueno gallego, menos mal que me anotaste el remedio en la servilleta, así voy a poder curarme y quedar igual de saludable que el señor- Y en esa el gallego me dice angustiado:
-¡Coño’e la madre chamo! Le di la servilleta al señor con el último perro ¿Cómo era que se llamaban las pastillas esas?

No sé ni contesto. Inventé un ataque de tos, me llevé las manos a la cara y podría jurar que se me salieron un par de lágrimas en ese momento.

viernes, abril 17, 2009

Morcillas en almíbar

A mí me preocupan un montón esas personas que andan por allí perennemente felices. Esos a los que todavía no les has acabado de preguntar “¿Cómo estás? “ cuando ya te saltan encima con un “super ultra recontra híper califragilísticamente efervecente ¡a las mil maravillas!”. Y justo allí, cuando me cae el chaparrón de super positivismo eléctrico, pienso: “¡ay papá! Algo anda muy mal aquí”.

Todo en esta vida es un balance. Como los ingredientes en la comida oriental que mezclan azúcar con picante. O como a mí que me encanta mi trabajo pero eso no me impide el querer unas merecidas vacaciones. Como el Yin y el Yan, todo debe ser balanceado. Y todo tiene su lado bueno y su lado malo. De lo malo poco se habla –porque te hace ver socialmente negativo- pero eso no altera su existencia. El caso es que lo malo existe para compensar lo bueno porque nada es perfecto. Eso es un balance y aprendí temprano que cada quien escoge los suyos, y depende de los que elijas el tipo de persona que seas. Algunos serán buenos balances: la vida familiar, o laboral, o él círculo de amigos. Y otros no serán tan positivos –en ese caso todavía no hay balance-. Pero todos tenemos otra categoría de balances que como que no nos cuadran. Son como unas morcillas en almibar, combinaciones que - aunque intentan ser balanceadas- no terminamos de pasar.

Yo agradezco –y siempre agradeceré- a la providencia por haber nacido y crecido en Venezuela. En ningún lugar del mundo se vive la vida con la intensidad con la que se vive en el Caribe (mi opinión personal claro está, luego de haber vivido en varios países) La estrella aquí es, por supuesto, la rumba, la fiesta, el calor humano. Y que conste, mucho se me ha dicho que eso es efímero, que cuando llegue a viejo probablemente ninguno de mis amigos de farra va a estar conmigo. No estoy de acuerdo. Yo pienso que son precisamente esos momentos los que siempre me van a acompañar, son esos instantes los que realmente transcienden. Con mis amigos me he reído y he gozado un mundo. El resto –como diría un amigo mío- todo se quedará aquí cuando nos vayamos.

Sin duda los venezolanos individualmente tienen una gran calidad humana ¿Quién lo niega? Pero también es verdad que en sociedad, desde una junta de condominio hacia arriba, somos medio desastrosos. Tenemos todo un conjunto de costumbres que hacen que nuestras comunidades funcionen caóticamente. Un país donde el lucir humilde es un pecado, donde se mira por encima del hombro al que tiene menos, donde todo es un mojón mental, no puede producir una sociedad cohesionada; eso produce en cambio roces, que se escalan en rabia, que a su vez escala en delincuencia, que se devuelve en corrupción e injusticia, y es un todos contra todos donde sólo me importo yo, y no me importa el prójimo. Allí entonces, sálvese quien pueda. Porque si no me importas te robo a mano armada. Y si tengo poder político me corrompo y me enriquezco a tu costa, total no me importas.

Grandes individuos. Paupérrimos en conjunto. Mis morcillas en almíbar.

(Inspirado en las últimas injusticias acaecidas en mi país, entre otras…)

martes, marzo 17, 2009

Perth, 14th March 2009

No me gustan las hamburguesas en Australia. Y no es que no me gusten, es que no me gustan las de aquí. Con esa mayonesa dulce, con esa remolacha, bañada en salsa BBQ, el sabor te empalaga hasta la mucosa nasal. Pero ese día andaba apurado así que pedí el combo doble con todo -no, no please, medium size. No, miss, no deserts, thank you- Agarro mi bandeja y me la llevo a una apartada mesa alta de cuatro puestos, de esas para gente solitaria que come sin compañía. Que nadie me hable, que nadie me vea, sólo quiero comer rápido, relajarme y salir. Y sí, reconozco que me gusta la vista amplia que te dan esas mesas, son muy apropiadas para la práctica del people-watching.

Con sumo cuidado desempaqué mi hamburguesa, calculé meticulosamente la fuerza con la que tenía que encajar el pitillo en el centro exacto de la tapa del vaso de coca-cola, lo meto y listo, ya estoy comiendo. Fue allí cuando comencé a observar a la gente a mí alrededor. En frente está un flaco largo con su novia, se ven muy enamoraditos, en un rascabucheo típico de la edad. En la esquina está una abuelita con su nietecita. Y la nené me saluda a lo lejos como diciéndome: “te estoy cazando” mientras las detallo. Es que tú sabes, todas las niñas se ríen conmigo. Y en el centro ¡epa! Allí está un gordo con su hijo gordito, con una cara y ademanes que juraría ya que este tipo es Venezolano. Pero es que Perth ya parece Miami, uno se los consigue por todos lados. ¿Qué hago, me acerco a saludar? Nooh, que va. La primera regla de oro entre los venezolanos en el exterior es que sí te consigues a uno en la calle, mejor déjalo pasar. A un venezolano te lo tienen que presentar en casa de alguien o conocerlo del trabajo o algo; si te tropiezas a uno en la calle, la desconfianza generalmente se impone.

Pero veamos, el hijo es igualito al papá, los dos gorditos. Papá gordo está hablando por teléfono celular, un iPhone de esos –con musica, facebook, agenda y pues si vibra quien sabe para que más le servirá- y se le escucha en un español desgañitado: “no, no mamá, que se joda. Si el tipo ese no quiere pagar los 350 por la Hummer no se la vendas”. Y es allí cuando el hijo gordito le dice a papá gordo: “Papá, pupú”. Y papá gordo: “bueno mamá, yo se que ya yo me vine para Australia y tengo que salir de esa vaina pero coño, la Hummer está como nueva y además allá está cotizada con la escasez de carros que hay…”. En eso niño gordo se baja de la silla, se mete debajo de la mesa y con su manita le toca la panza al papa: “Papá, pupú. Quiero hacer pupú” a lo que el padre responde: “¿qué? ¿300? ¡No pana! Mira mama, yo tengo que sacarle algo. A mi me costo como 300 y eso antes de los rines que le monte”. Y el hijo: “Papá, pupúuu!”. En eso el gordo le tira un manotón a la bolsa de papas y se mete varias de un golpe: “essam… ñam… Hummerm … ñam… ñam… que se jodam… ñam”. Y niño gordo: “Papi, pupúuu!” A estas alturas la abuelita de la esquina estaba roja a punto de gritar “oh my god!”; el flaco parecía que se iba a lanzar un clavado en la merengada y la novia estaba sudando a borbotones con ganas de que se la tragara la tierra. Y papá gordo siguió luego de tragar: “¿y es que pa’ papaito no hay nada? Es más, ahora sacando cuentas, esa Hummer está muy barata. Pónsela en 370 a ver que te dice el carajo…”. “Papá, pupú”. “Si vale, y si no le vendemos la camioneta a otro” “papi, ¡pupú por favor!”. “dile al tipo que si me deposita en dólares afuera podemos hablar”. “Papá, pupú”.

Fue allí cuando niño gordo se paró en medio del pasillo, puso una piernita a un lado, la otra del otro y cual luchador de sumo, se agachó levemente y pujó. El sonido y el aroma que lo siguió nos hizo entender a todos los presentes que había cumplido su propósito a cabalidad. Entonces niño gordo se acerco al padre y lo llamó: “Pápi, papi” a lo que papá gordo respondió: “sí bueno hijo ¿qué es lo que pasa?”. Allí me provocaba pararme y gritarle: “¿cómo que qué le pasa? Que se cagó, se cagó aquí en frente de todos mientras tú hablabas pendejadas por la verga esa” pero no dije nada, tu sabes, es que soy tímido. Niño gordito le dijo “pápi, quiero ir a un parque” y el padre respondió “está bien hijo, vamos”, tomó a su hijo de la mano y recorrieron el pasillo dejando una parda estela a su paso. En su ruta a la puerta de salida, papá gordo me pasó por un lado y en perfecto english-ñol me preguntó : “excuse me my friend, where is the nearest park?” A lo que respondí:

- Sorry mate, I don’t know. I’m not from here.