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domingo, mayo 10, 2009

De aquí y de allá (2): crónicas porteñas

Hace 10 años viajaba por negocios con cierta frecuencia a la sugestiva ciudad de Buenos Aires. Recuerdo que aterrizaba en Ezeiza siempre un domingo por la mañana, tipo 6:00 am, y me quedaba todo ese domingo libre para pasear o dormir luego del viaje de casi siete horas desde Maiquetía. En particular recuerdo una vez que apenas pisé Ezeiza me cayó una peste de esas tumba-gente. Y peor, era invierno; pero no cualquier invierno. Era el invierno Rioplatense, híper-húmedo, ventoso, de ese que te congela la medula espinal, del que te hace perder el tacto del lóbulo de las orejas. He estado en otras partes bajo nieve, pero como el invierno porteño no hay.

Siempre me alojaba en el mismo hotel. “En el centro de los acontecimientos” como me lo recomendaron, por allá en la Av. Corrientes justo en frente del Gran Rex. Así llegue al hotel esa mañana de Domingo, me registré y casi arrastrándome -a mí y a mi gripe- llegué hasta la habitación a dormir.

Me despertó el hambre alrededor del mediodía. Me miro en el espejo y me doy cuenta que estoy convertido en la versión trapito de mi mismo. Me toqué la garganta, tragué fuerte y concluí que un gremlin parasitaba mi faringe cómodamente. -Pero tengo hambre, tengo que salir a comer- me dije. -¿A dónde ir? No estoy como para ir a almorzarme un bife de chorizo a Puerto Maderos. Ah, ya sé. Voy a pasar por donde el gallego-. El gallego era un perrero –sí, de perros calientes- que tenía un puesto ambulante al final de Lavalle. El tipo llegó de adolescente a Venezuela, se pasó diez o quince años allá y luego migró a Buenos Aires. Así pues, me armé de valor, me puse no sé cuantos suéteres encima, y yo y el gremlin que me habitaba la garganta tomamos rumbo a Lavalle.

La ruta Corrientes-Florida-Lavalle es un clásico de casi cualquier arte que uno se pueda imaginar. Allí pasa absolutamente de todo, y en efecto de todo vi pasar allí a través de los años; pero ese día, en una matiné de domingo no era el horario todavía de los animales más exóticos. Esa era más bien la hora de las conversaciones en los cafés, de las tiendas abriendo, de los restaurantes populares y sus olores, de las radios voceando: “...temperatura en la ciudad: 2 grados… sensación térmica de -4…”. El viento pegaba fuerte y yo sentía que mi tabique nasal se convertía en titanio. De repente me acorde que le había dicho al gallego que le iba a llevar queso rallado para mejorar esos perros la próxima vez que viniera, así que me detuve en un supermercado y lo compré.

Este gallego tiene unos cuantos años en Argentina. Venezuela –decía él- es su segunda patria así que cuando me ve se transforma. Así pues, me puse la mano como haciéndole un techo a la boca y le grito en caribeño rabioso: -¡eeesse gallego!-. El tipo pego un salto cuántico del susto: - ¡Chamo, me asustaste!-
– Mira gallego lo que te traje, queso, quesito rallado para que mejores esos perros.
- ¡Sos un boludo chamo! Aquí no comemos eso. Los panchos son sólo salchicha, pan y salsa.
- Sí hombre. Mira, dame un perro, o un pancho como les dicen aquí.

En eso otro cliente llegó, pidió un pancho y se acomodó entre nosotros. Y el gallego me dice:
-Chamo, no te ves bien. ¿Qué te pasa?-
-Peste gallego, gripe- le dije mientras me señalaba la garganta de cerca haciendo el gesto de degollación de los emperadores romanos. Enseguida le pregunte: -¿que será bueno para esta peste gallego?-

Fue allí cuando una voz de ultratumba, añejada con toneladas de tabaco y macerada en flema, entre bajos y reverberos nos dijo:
-Rivofedril de 500. Comprálo y tomá una tableta cada 8 horas-

Era el otro cliente del gallego. No le entendí bien por lo atropellado de la voz y le pregunte:
- Disculpe ¿cómo dijo? Anótame ahí gallego, que yo estoy comiendo-.
- Rivofedril de 500, loco. Tomá 2 tabletas ahora y luego una cada ocho horas y verás cómo mañana no te acordás del desgraciado resfriado ese pibe, vas a quedar nuevito-.

El gallego tomó un bolígrafo, una servilleta, y dice: - ¿Rifoldrina de 300, no?-
- No, no. ¡RI-VO-FE-DRIL! Y es de 500, che- dijo el amigo porteño y tose, regurgita, escupe a un lado, y para terminar le pega el último mordisco al perro-pancho.
- ¿Y como se escribe eso tío?- preguntó el gallego.
- ¡Qué sé yo, che! RI-VO-FE-DRIL, como suena, apuntálo bien. Y dame otro pancho por favor- dijo el tipo con su reverberante voz. Y fue allí cuando el gallego dijo algo que nos rompió los esquemas a todos:

- Tío: ¿y eso se escribe con “B” de Barquisimeto o con “V” de Valera?

Ya aquí yo me estaba exasperando. ¿Cómo este gallego del carajo le va a preguntar eso a un tipo que en su vida jamás ha escuchado hablar de esas ciudades? Pero el tipo responde:
- ¿Va..va.. qué? Mirá, ¡qué sé yo, che! Ri-vo-fe-dril, con “v” de… de… Velez Sarsfield- dijo el tipo mientras tosía, tosía que hacía temblar el carrito de perros calientes, tosía hasta quedar morado. El gallego le da el otro pancho y le responde:
- Gracias por la gauchada che. Ya tengo el nombre correcto-

El tipo se despidió y se fue comiéndose su perro caliente. Allí le dije al gallego: - Bueno gallego, menos mal que me anotaste el remedio en la servilleta, así voy a poder curarme y quedar igual de saludable que el señor- Y en esa el gallego me dice angustiado:
-¡Coño’e la madre chamo! Le di la servilleta al señor con el último perro ¿Cómo era que se llamaban las pastillas esas?

No sé ni contesto. Inventé un ataque de tos, me llevé las manos a la cara y podría jurar que se me salieron un par de lágrimas en ese momento.

domingo, octubre 05, 2008

De aquí y de allá (1): Las gaviotas

Ese día venia manejando desde mi nuevo trabajo por la maravillosa costa sur de Perth. La primavera comenzaba a calentar, el sol bañaba los ventanales de las mansiones con vista al mar y el resplandor me encandilaba atrás del volante. Era como cuando la policía interroga a un delincuente y lo pone contra una luz incandescente para intimidarlo: “¡confiesa Fer! ¡Quieres ir a la playa a relajarte!”. Yel me había dicho por teléfono que estaba cansada así que por esta vez decidí pasar de largo la casa y seguir hacia la playa.

Me dirigía a Cottesloe beach la cual era nuestra playa preferida para esa época y además quedaba a cinco minutos de la casa. En el carro venía escuchando un CD de los Artic Monkeys que generosamente me había prestado un amigo del trabajo. Los Artic Monkeys no eran ni son de mi predilección, al decir verdad me parecían una mierda pero trataba de escucharlos para entender por qué le gustan a tanta gente, por qué los idolatran de esa manera. No se si será una cosa generacional pero por alguna razón no me la llevo bien con las recientes bandas del Reino Unido, tanto que me gustaban antes.

Así llegué al estacionamiento enfrente a la playa, y allí me quedé en el carro un rato con los vidrios abajo mirando el atardecer sobre el mar y escuchando este CD, tratando de hacerme un video clip personal, cazando rayos de sol, visualizando paisajes, contrastes, tonos, poniéndolo todo junto con la música. Con el último guitarrazo desafinado decidí bajarme del carro y me acomodé en un escalón de la grama que está en frente de la arena de la playa. A esa hora, tipo 6:00pm, el frío primaveral contrasta con la calidez de la luminosidad; la luz es amarillísima, casi anaranjada, y el contraste con el azul del mar es espectacular. Al atardecer Cottesloe Beach siempre está poblada por parejitas, niños, estudiantes, muchísimas gaviotas, hay de todo y para todos, un bello espectáculo de colores y gente. Lo único que perturbaba mi cuadro sensitivo era la batería estridente de los Artic Monkeys que todavía me retumbaba en la cabeza. Yo tengo el problema -o virtud, depende de donde se vea- que siempre mantengo un iPod virtual en la cabeza, generalmente del último ritmo que escucho.

Y justo en ese momento una señora se aplasta a mi lado en la grama, como a un metro. La miro de reojo y noto que lleva una bolsa con algo que parecían migajas de pan. La señora comenzó a tirarle el pan a las gaviotas y enseguida estas acudieron al llamado alimenticio. Eran de esas gaviotas blancas con alas grises; primero eran cinco, luego diez, luego veinte; se peleaban los pedazos de pan entre ellas, y picotazos iban y venían. “¡Iaaaahr!” chillonamente graznaban las gaviotas; era un grito agudísimo, como la desafinada guitarra de la banda inglesa que todavía me atormentaba en la mente. La señora les lanzó más migajas, y esta vez se sumaron otras gaviotas que tenían como una raya rosada en la cabeza, se abrieron paso aleteando vigorosamente, desesperadas entre las gaviotas de ala gris para ganarse el sustento. El cuadro se veía como una gran nube de plumas blancas, matizada por grises y rosados. “¡Iarrrhr!, ¡Iarrrhr!” descollaba el escalofriante sonido entre el abrumador retumbo del aleteo. De nuevo la vieja arrojó migajas y esta vez entraron revoloteando los cuervos, unos cinco o seis, parecían unos patoteros enfundados en sus chaquetas de cuero negro que entraban al sitio a destrozarlo todo. Y aquella coñaza mi hermano, porque los cuervos llegaron repartiendo picotazo y ala a diestra y siniestra. Un cuervo dispara primero y averigua después. A estas alturas los agitados pájaros se nos estaban acercando peligrosamente y ya la señora se estaba asustando. Yo también. En un último intento desesperado, la señora tomó la bolsa de pan, y como en cámara lenta alzó el brazo para lanzarla lejos, pero con el impulso la bolsa se rompió, cubriéndonos completamente de migajas. Y allí quedamos: cubiertos como si fuéramos unas milanesas gigantes, como un par de helados de mantecado con lluvia de maní, presa fácil para las voraces aves.

Salimos gateando de allí, en una escena digna de la película “The Birds” de Hitchcock, arrastrándonos rapidito, durante largísimos segundos, sin pena, sin voltear atrás, sin mirar a los lados. Huimos por nuestras vidas.

El otro día un amigo me preguntaba sobre los Artic Monkeys, que como me parecían. Le dije que me parecían una mierda, pero le dije una mierda de pájaro sin realmente saber por qué. Ahora que estos recuerdos ocupan mi mente ya se por qué fue.